Tres consejos del Papa para emprendedores (y para el emprendedurismo)

Nos toca una época con notorios desequilibrios sea económicos y sociales. El Concilio Vaticano II ya había afirmado que «el lujo pulula junto a la miseria –estoy citando–. Y mientras unos pocos disponen de un poder amplísimo de decisión, muchos carecen de toda iniciativa y de toda responsabilidad, viviendo con frecuencia en condiciones de vida y de trabajo indignas de la persona humana» (Const. past. Gaudium et Spes, 63). En este contexto, es apremiante proponer una economía adecuada para contribuir a resolver las grandes problemáticas que vivimos a nivel mundial.

Quisiera compartirles tres ideas que me parecen oportunas para su caminar como emprendedores.

1ª La profecía

En primer lugar, está la profecía. ¿Cómo, Padre, qué dijo? ¿La profecía? ¿Qué tiene que ver con la empresa la profecía? Yo se las propongo. En la Biblia el profeta es aquel que habla en nombre de Dios, que transmite su mensaje, y a través del cual favorece un cambio en su entorno. Por ejemplo, Amós, el profeta de la «justicia», denunciaba ya en el siglo VII a.C. el ansia de lujo y enriquecimiento de los poderosos en el pueblo de Israel, que beneficiaba sólo a un sector que podía, mientras la gran mayoría del pueblo estaba oprimido, hambriento, pasando necesidad.

En un contexto tan complejo como el actual, caracterizado por la guerra y la crisis ambiental, a ustedes les toca realizar su servicio, digamos, como profetas que anuncien y edifiquen la casa común, respetando todas las formas de vida, interesándose por el bien de todos y fomentando la pazSin profecía, la economía, y en general toda la acción humana, está ciega. Porque esa radica en sí misma, ¿no?, cuando no se enferma y se transforma en finanza, y cuando la economía se transforma en finanza, ya todo se vuelve líquido o gaseoso y termina como la cadena de san Antonio, que uno no sabe cuánto hay acá, cuanto hay allá, porque no se toca y es todo gaseoso. Una dirigente financiera económica a nivel mundial, un día charlando conmigo, me dijo que ella había procurado –ocupaba un puesto muy alto– hacer un encuentro entre economía, humanismo y religión, y que había estado muy bien. Intentó hacer lo mismo con finanza, humanismo y religión, y no encontraron salida. Eso me hace pensar mucho, ¿no?

2º El cuidado de la relación con Dios

El segundo aspecto se refiere al cuidado de la relación con Dios. Primero la profecía, segundo, cuidado de la relación con Dios. Como la tierra, cuando es bien cultivada y cuidada, da abundantes frutos, así también nosotros, cuando cultivamos la salud espiritual, cuando tenemos una relación bien cuidada con el Señor, comenzamos a dar muchos frutos buenos.

El profeta Amós recalca «busquen al Señor y vivirán, […] busquen el bien y no el mal, y así el Señor […] estará con ustedes» (5,6.14). La heroicidad que el mundo necesita hoy por parte de ustedes, sólo puede ser sostenible si hay raíces fuertes. Preguntarse, ¿cómo están mis raíces? Lo cual no quiere decir volver atrás, no. Las raíces para poder crecer mejor. Que sea una armonía entre las raíces, el tronco, los frutos. La conversión económica será posible cuando vivamos una conversión del corazón; cuando seamos capaces de pensar más en los necesitados; cuando aprendamos a anteponer el bien común al bien individual; cuando entendamos que la carestía de amor y justicia en nuestras relaciones son consecuencia de un descuido de nuestra relación con el Creador, y esto repercute también en nuestra casa común. Entonces, y quizás sólo en ese momento, podremos dar marcha atrás a las acciones perjudiciales que están preparando un futuro triste para las nuevas generaciones. Recuerden que cultivar la relación con el Señor hace posible tener raíces fuertes que sostendrán los proyectos que se deseen emprender.

3º Trabajo y pobreza

El tercer pensamiento que les comparto tiene que ver con el trabajo y la pobreza. De estos nos ha dado un importante testimonio san Francisco de Asís, que llevó adelante no sólo la restauración de la capilla de san Damián, sino que, sobre todo, contribuyó a restaurar la Iglesia de su tiempo. Concretamente, lo hizo con el amor que tuvo hacia los pobres y con su forma austera de vivir.

Con los valores del trabajo y la pobreza, que implican la confianza completa en Dios y no en las cosas, se puede crear una economía que reconcilie entre sí todos los miembros de las diversas etapas de producción, sin que se desprecien mutuamente, sin que se creen mayores injusticias o se viva una fría indiferencia. Por otro lado, esto no quiere decir que se ame la miseria, la cual, por el contrario, tiene que ser combatida, y para ello ustedes tienen los buenos instrumentos, como la posibilidad de crear empleos, y contribuir así a dignificar a sus prójimos. Pues por medio del trabajo, el Señor «levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre» (Sal 113,7). De manera que aquí tenemos un remedio para combatir la enfermedad de la miseria: el trabajo y el amor a los pobres. Sean creativos en la planificación del trabajo, sean creativos y eso les va a dar mucha más fuerza.

Los animo a seguir transformando con creatividad el rostro de la economía, para que esté más atenta a los principios éticos (cf. Carta enc. Laudato si’, 189) y no se olviden de que su actividad está al servicio del ser humano, no sólo de unos pocos sino de todos, especialmente de los pobres. Además, es importante que tome conciencia de que no está por encima de la naturaleza, sino que tiene que cuidar de ella, pues de esto dependen las generaciones futuras. Tu empresa debe tener, de alguna manera, un cuidado para no contaminar más la naturaleza, al contrario, ir abriendo caminos de sanación. Uno de los grandes científicos europeos en un encuentro que tuve hace seis meses, dijo: «ayer nació una nieta, y pensé, pobrecita, si las cosas siguen así, dentro de treinta años, le tocará habitar un mundo inhabitable». Todavía está en nuestras manos cambiar esa tendencia de contaminación que está destruyendo todo.

Quisiera terminar mi mensaje, encomendándolos a la protección de la Virgen Santísima y de san José. Ellos supieron cuidar de su familia y de su casa con corazón de padres. Que ellos intercedan por ustedes, para que el Señor les conceda también un amor maternal y paternal para cuidar de la familia humana, cuidar, y cuidar de la casa común. Esta es una virtud de la que no se habla mucho cuando se dan clases de economía –estén atentos–: una de tus principales funciones es cuidar, cuidar a los tuyos, cuidar a tu empresa, cuidar a tus empleados, cuidar la casa común, cuidar todo, ¿no? El buen economista, el buen empresario cuida. Que Dios los bendiga, que la Virgen los cuide. Y no se olviden de rezar por mí, que lo necesito. Gracias.

Fuente: Zenit

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