El futuro del capitalismo

El sistema económico más exitoso del mundo necesita una reforma? En una palabra, sí. Vale la pena reparar ese motor fiable de crecimiento y prosperidad que es el capitalismo. El consenso sobre cómo hacerlo es sorprendentemente alto entre la nueva generación de líderes empresariales.

Fuente: IESE Insight

“El capitalismo moderno tiene el potencial de elevarnos a todos a un nivel de prosperidad sin precedentes, pero actualmente está en bancarrota moral y va encaminado hacia una tragedia”, alertaba en 2018 el economista de desarrollo Paul Collier, en su libro El futuro del capitalismo. Un año después, el milmillonario Ray Dalio, fundador de uno de los mayores hedge funds del mundo, Bridgewater Associates, diagnosticaba: “Todas las cosas buenas llevadas al extremo pueden ser autodestructivas y todo debe evolucionar o morir. Esto es ahora cierto para el capitalismo”.

Reformar, reimaginar o regenerar el capitalismo: el debate existía mucho antes de que la pandemia empujara incluso a los capitalistas más incondicionales a unirse al coro de voces que piden cambios de calado.

Los líderes empresariales tienen trabajo por delante. Ahora que una nueva generación hereda un sistema necesitado de reformas, se impone una reflexión a fondo sobre el futuro del capitalismo. Ese es el reto de un curso innovador, llamado precisamente “The Future of Capitalism”, que este año han lanzado el IESE y la Universidad de Shizenkan (Tokio) con la colaboración de la School of Inspired Leadership (Delhi) y la Fundação Getúlio Vargas (Río de Janeiro).

 

Se impone una reflexión a fondo sobre el futuro del capitalismo

En la primera edición de este viaje educativo intercontinental se han embarcado 81 alumnos de MBA de 22 nacionalidades. Los participantes conversaron por videoconferencia con altos directivos, emprendedores, políticos, activistas y académicos de Ámsterdam, Barcelona, Boston, Delhi, Londres, Nueva York, São Paulo, Silicon Valley y Tokio, entre otras ciudades. Otra parte destacada del curso fueron las videollamadas con antiguos niños de la calle y soldado de Bangladés y de Uganda, respectivamente; personas que el sistema actual había desahuciado.

Aunque el curso se ha estrenado en plena crisis de la COVID-19, “lo bueno es que podemos estar conectados en cualquier momento y dondequiera que nos encontremos”, observa Tomo Noda, uno de sus directores académicos y profesor de la Universidad de Shizenkan. Esa posibilidad ha permitido un intercambio de puntos de vista enriquecedor, algo fundamental para el curso porque, como dice Noda, “es también un proyecto de cambio social”.

¿Qué es el capitalismo?
Podemos definir el capitalismo como “un sistema económico caracterizado por: la propiedad privada o corporativa de bienes de capital; inversiones determinadas por decisiones privadas, así como precios, producción y distribución de bienes determinados principalmente por la competencia en un mercado libre». A priori, no tiene por qué despertar recelos.

Más conciso, el profesor del IESE Jordi Canals lo definía así en 2013: “Una combinación de libertad de empresa, iniciativa emprendedora y libertad de mercado”, pero con un matiz importante: “Hasta los años 60, el consenso era que el capitalismo requería unas normas éticas y estaba al servicio del conjunto de la sociedad”. He ahí la primera señal de que, desde entonces, algo se ha torcido.

En 2015, el FMI describía el ánimo de lucro como “el rasgo esencial del capitalismo”, una afirmación que pocos discuten. Pero también hay quienes critican que es parte del problema. Hablaremos de ello más adelante.

 

“Hasta los años 60, el consenso era que el capitalismo requería unas normas éticas”

“No es la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios intereses”, postuló Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776). Considerado el padre de la economía moderna, Smith sostenía que el ánimo de lucro podía beneficiar a la sociedad en su conjunto, una visión que impulsó la Revolución Industrial. Como resume el manual del FMI respecto al capitalismo de libre mercado, en una transacción de intercambio voluntario, ambas partes tienen su propio interés en los resultados, pero ninguna puede obtener lo que quiere sin tener en cuenta lo que quiere la otra. Es este autointerés racional lo que puede llevar a la prosperidad económica”.

Aunque el capitalismo contrapone la propiedad privada a la pública, eso no significa que los Gobiernos no desempeñen ningún papel a la hora de facilitar el funcionamiento eficaz y eficiente del sistema. Por lo pronto, la regulación gubernamental es imprescindible para evitar la explotación laboral, limitar el poder de los monopolios y garantizar la libre competencia en el anhelado “libre mercado”. Asimismo, para operar, las empresas necesitan una “licencia social”, sin la cual les resultaría más difícil encontrar clientes dispuestos.

En constante evolución
Lo que entendemos por capitalismo siempre ha evolucionado, y lo sigue haciendo. En Italia desde su despacho lleno de libros, Stefano Zamagni, profesor de Economía y presidente de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, repasa brevemente su historia.

 

Para operar, las empresas necesitan una “licencia social”

A diferencia de la antigua “economía de mercado”, el capitalismo occidental surgió hace relativamente poco, hacia finales del siglo XVII, con la Revolución Agrícola. Su arraigo se produjo en la segunda mitad del XVIII, durante la Revolución Industrial (la época de Adam Smith), cuando el capitalismo agrícola fue sustituido por el industrial. Después, el siglo XX trajo el capitalismo financiero (lo que se conoce como “financiarización de la economía”), y el sector financiero eclipsó el resto, otra señal de los problemas que vendrían. Hoy, nos enfrentamos a un nuevo modelo vinculado a la cuarta revolución industrial y, en concreto, a las tecnologías digitales. Según Zamagni, “sabemos algo, pero no lo suficiente” sobre la forma que adoptará el capitalismo en un futuro próximo.

Desde Silicon Valley
Quien tiene una visión sobre el terreno de cómo evoluciona el capitalismo en Silicon Valley es Scott Belsky, un joven emprendedor, inversor y autor que, tras haber vendido su startup a Adobe, es el máximo responsable de producto de la empresa. Lo que ve “es emocionante y, a la vez, cada día da más miedo”.

En el lado positivo, comenta, los emprendedores de Silicon Valley, adeptos al pensamiento disruptivo y a contracorriente, suelen buscar más el impacto que los beneficios puramente económicos. Esa voluntad de obtener un impacto ofrece soluciones a los mayores retos de la sociedad, como la crisis climática, la COVID-19 y la injusticia social. Gracias a las plataformas y los servicios digitales, llegar a todo el mundo es más fácil que nunca. Belsky explica también que la creatividad ha desplazado la productividad –una labor que pueden hacer los robots o las máquinas– como el valor más preciado en las empresas. Todo eso contribuye a captar más capital y talento y a tomar impulso en el mercado.

 

Gracias a las plataformas y los servicios digitales, llegar a todo el mundo es más fácil que nunca

Pero la abundancia de dinero barato y, cada vez más, de emprendedores tecnológicos que se rigen por la famosa máxima de “muévete rápido y rompe cosas” tiene sus riesgos. Empresas como Facebook, Uber y Airbnb han llevado al límite la regulación sectorial y se las han ingeniado para innovar en las zonas grises. Es precisamente ahí donde están apareciendo nuevos problemas, causados por tecnocapitalistas desatados que se enorgullecen de “pedir perdón, no permiso”, y, después, ante las consecuencias no deseadas de sus actos, ni siquiera se disculpan. ¿Qué hay de la protección de datos y la privacidad? ¿Pensó alguien en que las nuevas tecnologías también podrían tener un impacto negativo si las explotaban personas sin escrúpulos? Prever los inconvenientes de los saltos creativos no es el punto fuerte de Silicon Valley, lamenta Belsky.

James Higa, exdirector sénior de la oficina del CEO en Apple, ahora director ejecutivo de la Philanthropic Ventures Foundation, también vive en Silicon Valley. Coincide en que muchos emprendedores tecnológicos “preferirían ser piratas antes que trabajar en la Armada”. Pero ve con optimismo la que puede conseguir la tecnología cuando está en buenas manos. Ya se trate de revolucionar la energía limpia o de aumentar la transparencia del dinero, Higa cree que “serán los pensadores que van a contracorriente, como los de Silicon Valley, quienes solucionen los problemas del capitalismo actual”.

¿Qué le pasa al capitalismo?
Haciendo un paralelismo con lo que Winston Churchill dijo de la democracia, podría decirse que el capitalismo es el peor sistema económico, a excepción de todos los demás que se han probado. Teniendo eso presente, veamos tres de los numerosos problemas planteados en “The Future of Capitalism”. Como observan muchos ponentes del curso, están tan interconectados que no es fácil separarlos.

1. Es insostenible: corremos el peligro de destruir el planeta. Un ejemplo ilustrativo: sabemos desde hace décadas lo perjudiciales que son la extracción y el consumo de combustibles fósiles para el medio ambiente, pero no parece que el sistema capitalista actual haga lo suficiente para frenarlos.

Desde Ámsterdam, Jennifer Morgan, directora ejecutiva de Greenpeace, advierte: “Una de las paradojas más perversas que recordarán las futuras generaciones no es que, aun conociendo las causas de la crisis climática, no tomáramos inmediatamente medidas para detenerla, sino que nuestros Gobiernos siguieran ofreciendo incentivos y subsidios a los mismos sectores que la provocaron”.

 

El capitalismo es el peor sistema económico, a excepción de todos los demás que se han probado

Según Morgan, los combustibles fósiles reciben el triple de dinero en inversiones y subsidios que las soluciones verdes: “Rescatar compañías aéreas no es recortar emisiones”.

El capitalismo sin límites es extractivo, y los recursos de nuestro planeta, finitos, insiste Morgan. El éxito, en el lenguaje capitalista, se mide por lo que creces, lo cual es insostenible. El sistema ha alentado el consumo por encima de las posibilidades de nuestro planeta.

2. Está amañado: los ganadores se lo llevan casi todo. Está demostrado que la forma más fácil de ganar dinero es si ya lo tienes. Pensemos, por ejemplo, en la retribución de los CEO en los últimos años. Con el fin de alinear sus incentivos con los de los accionistas, se les paga una gran parte de su sueldo en opciones sobre acciones. Como las bolsas se han disparado gracias a los rescates aprobados durante la crisis de la COVID-19, los CEO en concreto han amasado una auténtica fortuna, por la que muchos pagan muy poco en impuestos. Al mantener sus opciones sobre acciones en bolsa y obtener préstamos para acumular más propiedades, los impuestos que pagan los multimillonarios son escandalosamente bajos, como indican estudios recientes.

 

No son pocos los problemas éticos, económicos y sociales asociados a una desigualdad desbocada

No son pocos los problemas éticos, económicos y sociales asociados a una desigualdad desbocada. Uno de ellos es la “proliferación casi constante de escándalos corporativos”, como aseguran Stephen J. Smulowitz y John Almandoz en “Predicting employee wrongdoing: The complementary effect of CEO option pay and the pay gap”, un estudio cuantitativo de bancos estadounidenses en el período 2007-2013. Los autores han hallado evidencias de una relación directa entre los sueldos inflados de los CEO y los comportamientos negativos de los empleados. O sea, los fraudes y otros problemas éticos proliferan más allí donde la brecha salarial es más grande, probablemente porque se sustituye la ética en la toma de decisiones por el “¿qué puedo sacar yo de esto?”, una actitud alimentada por la sensación de injusticia y la envidia.

Ese fenómeno se da especialmente cuando la retribución del CEO en opciones sobre acciones es alta, lo que podría indicar que le interesa más el precio de las acciones que los sistemas de control de la empresa. El estudio subraya que la retribución de los directivos, tanto en términos de incentivos como de estatus, puede influir en la mala conducta de los empleados.

Los bucles de realimentación negativa que exacerban la desigualdad amenazan el tejido social. Según Ray Dalio, la búsqueda del beneficio produce un bucle de realimentación que se autorrefuerza y amplía la brecha de ingresos, riqueza y oportunidad hasta el punto de que el capitalismo está “en peligro”. En una entrada que se ha hecho viral, Dalio avisa de que los recursos están yendo a lo que quieren los que más acumulan y no a lo que quieren los que menos tienen, que incluye necesidades tan básicas como una buena atención y educación para sus hijos”.

3. Se incide en el crecimiento del PIB a expensas del bienestar. En la mayoría de los países, el PIB pesa más que la Felicidad Nacional Bruta o índice de bienestar, que sí utiliza, por ejemplo, Bután. Como dice Zamagni, el capitalismo actual “favorece el crecimiento, pero no el desarrollo”. Es decir, no está pensado para garantizar el desarrollo humano, entendido como la educación, la salud, un sistema legal justo, un medio ambiente sano y otros derechos fundamentales que redundan en beneficio del bien común.

 

Los fraudes proliferan más allí donde la brecha salarial es más grande

Para muestra, el acceso a una atención sanitaria asequible. Es todo un problema en Estados Unidos, donde cada vez hay más “muertes por desesperación”, célebre expresión acuñada por los economistas Anne Case y Angus Deaton en su libro Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo. El país más rico del mundo (en PIB, por supuesto) tiene uno de los sistemas sanitarios más caros y de acceso más difícil, el cual, de hecho, contribuye a su PIB, pero no al bienestar de sus ciudadanos. La esperanza de vida en Estados Unidos ha caído debido al abuso de opiáceos, los suicidios y otros comportamientos autodestructivos.

El libro de Case y Deaton ha abierto nuevas líneas de investigación. Por ejemplo, el estudio “Housing wealth, health and deaths of despair”, de Ariadna Jou (UCLA) y los profesores del IESE Núria Mas y Carles Vergara, establece una relación directa entre riqueza y salud.

¿Hay solución?
En cuanto proyecto social, la finalidad del curso “The Future of Capitalism” es inspirar a los alumnos para construir un mundo mejor. Sus ponentes proponen soluciones a nivel global, sistémico, organizacional, local y personal.

Cambio global y de sistema. “Construir un mundo mejor –más verde, seguro, feliz y sano– está a nuestro alcance, pero exige una cooperación global sin precedentes”, asegura Morgan. “También un cambio de sistema, no retoques a medio cocinar aquí y allá. Necesitamos nuevas normas e inversiones, no adaptar ni reformar un sistema viejo y fallido para salvarlo. Sin un cambio fundamental de las normas comerciales o financieras, por ejemplo, no puede haber una recuperación económica justa”.

En opinión de Morgan, al trabajar dentro del sistema capitalista actual nos hemos cerrado a otras alternativas. La crisis de la COVID-19 “podría ser justo la oportunidad que necesitamos para abrirnos al despegue y posterior implantación de los modelos socioeconómicos alternativos que han resurgido en la última década”, defiende. Sin abogar por ningún modelo en particular, Morgan apunta varias fuentes de inspiración, como la economía del bienestar propuesta por la Alianza de la Economía del Bienestar, los principios de los People’s Sustainability Treaty (Tratados de Sostenibilidad de las Personas) defendidos por la red Radical Ecological Democracy (Democracia Ecológica Radical), la economía social solidaria de la Red Intercontinental de Promoción de la Economía Social Solidaria, y la economía del dónut (por la forma de su gráfico), un modelo en el que la actividad económica es regenerativa y distributiva y tiene un “techo ecológico” y una “base social”.

 

La crisis de la COVID-19 podría ser la oportunidad que necesitamos

¿Puede haber un cambio dentro del capitalismo moderno, incluso a nivel internacional? Sí, es posible. Por ejemplo, en julio de este año, 130 países y territorios que representan más del 90% del PIB mundial unieron fuerzas para reformar el impuesto de sociedades a escala global, de forma que las multinacionales no podrán deslocalizar su sede a aquellos países con una fiscalidad más baja y se las obligará a pagar un impuesto mínimo global del 15% allí donde operen. Como ha manifestado el ministro de Economía de Francia, Bruno Le Maire, esta reforma “pondrá fin a la carrera a la baja” de la tributación corporativa. Lo más probable es que las grandes tecnológicas a las que se acusa de evadir impuestos, como Amazon y Facebook, sean las más afectadas. Los gobiernos podrán usar ese dinero extra para financiar objetivos de desarrollo.

Entre los cambios sistémicos también se pueden contar las nuevas métricas, mentalidades y responsabilidades, así como el paso de un enfoque basado en los accionistas a otro basado en los grupos de interés, que están adoptando empresas de todo el mundo (ver Alternativas globales, que enmarca las diferentes expresiones del capitalismo que hay en el mundo para ofrecer una perspectiva más allá de tu realidad social, cultural y política).

Cambio organizacional. En el fondo, “las empresas son el núcleo del capitalismo”, escribe Paul Collier. “El desprecio masivo que se le tiene al capitalismo –tildado de avaricioso, egoísta y corrupto– se debe en gran medida al deterioro del comportamiento [de las empresas]”. A lo que añade: “Si hay un rasgo del capitalismo moderno que repele a la gente, es la obsesión por el beneficio”. ¿Cómo pueden salir las empresas de esa espiral?

 

Entre los cambios sistémicos se pueden contar las nuevas métricas, mentalidades y responsabilidades

“Las empresas necesitan una licencia social para operar”, recalca Francesco Vanni d’Archirafi, ex-CEO de Citi Holdings y filántropo residente en Londres. Cuidar de los grupos de interés, y no solo de los accionistas, es fundamental para el éxito a largo plazo, algo que, según Vanni d’Archirafi, se admite cada vez más en el sector financiero y otros sectores. “Los criterios ambientales, sociales y de gobierno corporativo y los Objetivos de Desarrollo Sostenible ya encabezan la agenda de todo el mundo”, asegura. De hecho, apunta, crece el número de empresas que abrazan un nuevo compromiso ético: “Queremos dejar el mundo mejor de como lo encontramos”.

A nivel organizacional, “hay que poner el propósito en el centro del gobierno corporativo”, sostiene Canals. “Define una razón clara de por qué existe la empresa, establece ciertos estándares de eficacia corporativa y de creación de valor, orienta la organización hacia el largo plazo y ayuda a alinear a los distintos grupos de interés” (ver las entrevistas a Paul Polman, Nitin Nohria y Rebecca Henderson).

Cambio personal. Reconocer el potencial de las empresas para mejorar las cosas es también reconocer el de sus líderes a nivel individual. ¿Cómo se produce ese cambio personal?

En el curso “The Future of Capitalism”, los líderes empresariales del futuro compartieron su visión de cómo será el capitalismo en la próxima década. Hubo muchos hilos en común en sus presentaciones, en las que reconocieron la valía de la visión a largo plazo y de las medidas favorables al bienestar y la sostenibilidad (ver Control de cambios).

Sobre todo, se mostraron optimistas respecto al potencial de las redes sociales como medio para impulsar un cambio positivo. En concreto, creen que esas y otras plataformas digitales pueden igualar el terreno de juego al atraer el mejor talento global y dar voz a quienes no la tenían hasta ahora. Como buena nativa digital, la nueva generación está en condiciones de usar las herramientas de forma más responsable.

La nueva generación está en condiciones de usar las herramientas de forma más responsable

En el debate de la clase surgió una idea realmente audaz: dar más sentido al dinero digital e informar de su procedencia. Las nuevas monedas serían más transparentes, con lo que los líderes podrían adaptarlas a la misión de sus empresas. Imaginemos que los tokens contuvieran todo tipo de información sobre las cadenas de suministro, como por ejemplo si sus prácticas son sostenibles y de comercio justo. Codificar esos datos para aumentar la transparencia del dinero no debería ser ningún problema para una generación acostumbrada a servicios de transferencias con el móvil, como M-Pesa, por no mencionar las criptomonedas.

Como suele ocurrir, en esa idea y su implementación se superponen las opciones personales, el liderazgo empresarial, los compromisos organizacionales y el cambio de sistema. La responsabilidad individual es un valor añadido, ya que estimula el cambio empresarial e incluso sistémico desde arriba.

“Me encanta la idea del líder como arquitecto social que reúne a las personas idóneas en torno a las preguntas correctas. Así que seguid haciendo preguntas. Formaos más allá de vuestras clases”, les pidió a los alumnos de MBA Anil Sachdev, de la School of Inspired Leadership. “Nos hemos embarcado en una búsqueda: ¿qué es el capitalismo? ¿Y la empresa? ¿Qué hacemos por los demás y por nuestras esperanzas, sueños y aspiraciones colectivas? ¿Damos lo mejor de nosotros mismos en las empresas, para que sean una plataforma de impacto realmente positivo y no lo que son ahora?”.

Como señalan los ponentes del curso, el capitalismo no es una ley física; es un sistema comercial creado hace 400 años que refleja los valores y prioridades de cada generación. Al igual que los gobiernos, imperios y dinastías que se han sucedido a lo largo de la historia, tendrá legitimidad mientras responda a los valores humanos y atienda todas nuestras necesidades.

La edición de 2022 de “The Future of Capitalism” tendrá la vista puesta en abrir el curso a más escuelas de dirección para aumentar su impacto. El objetivo es que en la edición de 2024 sea una plataforma global que convoque a unos 300 alumnos de 30 escuelas, junto con otros colaboradores del mundo empresarial.
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