El caos del segundo mandato del republicano podría responder a una intención clara: reequilibrar de forma radical el orden económico estadounidense y mundial.

Fuente: IESE BUSINESS SCHOOL.-UNIVERSIDAD DE NAVARRA

Desde que Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos, el ritmo desconcertante de decretos, declaraciones aparentemente contradictorias y políticas contrarias a la ortodoxia ha pillado desprevenido al mundo. ¿A qué se debe la súbita urgencia por negociar la paz en Ucrania, la postura agresiva con aliados tradicionales como Canadá, México y Europa o la extrema política de riesgo calculado con China?

La cacofonía de las opiniones, amplificada por las redes sociales, ha sido ensordecedora. Pero ¿qué hay detrás de tanto ruido?

Comenzar por la meta

La visión estratégica de una nueva “edad de oro de Estados Unidos”, que Trump expuso en su discurso de investidura, no es sino una reinvención radical del modelo de negocio del país. Dado que Estados Unidos ocupa el centro del orden financiero mundial, esta reinvención implica reestructurar los términos actuales del comercio internacional mientras se avanza en dos objetivos nacionales clave: fortalecer el crecimiento económico y reforzar la defensa. Para ello, plantea la renovación de la base industrial y manufacturera, el impulso de la productividad mediante una apuesta decidida por la innovación y el predominio y la abundancia energéticos.

Si bien reestructurar la economía para relocalizar la industria manufacturera es una exigencia de la defensa nacional, lo que vemos aquí es “América primero”, no “América solo”: en respuesta a las amenazas existenciales, Estados Unidos quiere reequilibrar las condiciones del actual sistema financiero y comercial internacional. El modelo macrofinanciero de Bretton Woods III ofrece el marco idóneo para entender los pasos que se están dando hacia esta reestructuración y reequilibrio.

El por qué del ‘reseteo’ económico mundial

En mi opinión, son dos los retos que hacen que este reinicio mundial sea tan urgente e imperativo.

El primero es el modelo de crecimiento económico de China y su sobrecapacidad industrial, basada en las exportaciones. Ambos factores han creado grandes desequilibrios a escala nacional e internacional debido al enorme tamaño del país y su peso en la economía global. La política industrial mercantilista china, consistente en priorizar la producción subvencionada frente al consumo interno, alimenta un déficit de demanda. Esa estrategia ha contribuido al debilitamiento de la base industrial de Estados Unidos. Si no se corrige su modelo, China podría acabar exportando su deflación de la deuda y recesión de balance, lo que tendría efectos devastadores para los balances soberanos de las economías industrializadas, ya de por sí muy endeudadas.

El segundo reto, intrínsecamente relacionado con el primero, es la trayectoria fiscal de Estados Unidos. Dado el déficit acumulado por la Administración Biden, todo un récord en tiempos de paz, ha crecido la preocupación por la sostenibilidad de la deuda en los mercados de financiación del Tesoro del país. Ante las tres opciones de que dispone para preservar el balance soberano, y descartando la de seguir inflando la deuda y el impago, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha insistido en que esta es la última oportunidad que tiene el país para crecer y solucionar así el problema. Cuando alguien te dice quién es y qué pretende hacer, conviene escucharle y creerle.

La colisión del desequilibrado modelo de crecimiento chino con la anterior senda fiscal de Estados Unidos conforma una combinación explosiva. La gota que colma el vaso es el inminente impacto de la IA y la fabricación robotizada, que provocará cambios sociales de una magnitud no vista desde el siglo XVIII. En un contexto de bajo crecimiento de la productividad y envejecimiento demográfico, este escenario se me antoja difícilmente compatible con el modelo capitalista actual, basado en el consumo.

A nivel internacional, Estados Unidos ha tolerado desequilibrios comerciales temporales –como los de Alemania y Japón en la posguerra– e incluso los ha promovido activamente para reconstruir a sus antiguos enemigos militares y convertirlos en aliados económicos. Romper esos intereses creados e integrar a estas economías en un sistema comercial mundial más equilibrado requirió del liderazgo unilateral de Estados Unidos, como quedó reflejado en los acuerdos monetarios de Plaza y del Louvre. Apoyándose en la solidez del consumo interno y el acceso privilegiado a los mercados de capitales y activos financieros, las políticas de Trump buscan forzar el reequilibrio tanto del modelo económico estadounidense como del de sus principales aliados comerciales.

A nivel interno, una de las paradojas del régimen arancelario del “Día de la Liberación” es que podría dar lugar a una revolución liderada por los republicanos: la redistribución de la riqueza entre el 50% más pobre del país; seguir concentrando la riqueza en el 1% más rico es todavía más caótico. Como ha subrayado Bessent, Wall Street ya tuvo su oportunidad; ahora le toca a Main Street.

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